Voy a ser mi mejor amigo. El poder del pensamiento

El tono y el gesto, ambos apaciguadores, suelen ser lo más significativo del mensaje  que les enviamos a nuestros amigos cuando lo están pasando mal.

Queremos que sepan, sin ninguna duda, que estamos ahí de forma incondicional, que nos tienen para lo que necesiten, pero sin mentiras, diciendo lo que pensamos, expresando nuestra opinión y sugiriendo alternativas.

Esa es la conclusión a la que hemos llegado con la información recibida. En un porcentaje muy alto preferís decir lo que pensáis, pero sin hacer daño.

Dos semanas después seguimos descubriéndonos diálogos exigentes, tonos de reproche, desvalorizaciones varias, lamentos teñidos de “no pasa nada”, opiniones de los demás sobre nosotros mismos arrastradas desde nuestra adolescencia o incluso antes.

Al principio, decís, os costaba trabajo reconocer si lo que os decíais era negativo, estábais acostumbrados a oíros; mucho más esfuerzo suponía escribirlo (no siempre se está solo o con lápiz y papel cerca); el trabajo, la familia, la falta de ganas, han sido otros de los inconvenientes iniciales.  La frase más repetida en este tiempo ha sido “hoy no he hecho nada”, pero hacer nada es imposible.

La primera fase del experimento ha concluido; aunque con un ritmo desigual, cada uno tiene su tiempo y sus circunstancias, os habéis escuchado; lo importante es que hemos comprobado lo difícil que nos resulta tratarnos bien.

En esta segunda y última fase entrenaremos cómo cambiar el componente negativo de nuestro discurso interno por otro que nos ayude a tener actitudes favorables ante las dificultades o apoyo en situaciones complicadas. Para ello utilizaremos la información adquirida en estos días atrás y la dejaremos guardada en un cajón; ya sabemos que, a veces, somos muy duros con nosotros mismos, de modo que no hay por qué estar recordándonoslo, lo sabemos, lo hemos constatado. Dejémoslo a un lado.

 Si antes de salir de casa se pone a llover, puedo lamentarme por que se me va a rizar el pelo y llamar a mi amiga para cancelar la tarde de paseo o cambiar el paseo por el cine, o ponerme un sombrero, o recogerme el pelo.

Si me han invitado a una reunión donde va a  haber personas que no conozco, puede que me angustie no saber qué decir, temer que nadie hable conmigo o creer que mi ropa no es adecuada por no ser de “marca” y utilice una excusa para no ir, o puedo ir y hablar con las personas que conozco, escuchar, aprender cosas nuevas, hacer algo diferente de lo habitual,  reconocer que estoy allí porque me han invitado.

Estos ejemplos son una muestra de situaciones reales que conllevan mucho diálogo interno negativo, las alternativas propuestas también son reales.

La perspectiva desde la que enfocamos las situaciones hace que focalicemos la atención en un punto concreto, más o menos amplio, y  se origine un autodiálogo  acorde a todo ello. Pero ¿qué pasa si cambiamos la perspectiva? , pues que veremos las situaciones desde otro punto de vista y tendremos otro diálogo distinto del anterior.

A partir de ahora, dedicaremos nuestra atención a toda la situación, no sólo a lo que nos preocupa, como hemos hecho antes. Será como mirar un cuadro, incluido el marco, desde lejos, fijarnos en detalles e incorporarlos al conjunto, cuál es el tema del cuadro, qué representa, qué emociones nos provoca, desde dónde se capta mejor la luz. O será como el pintor ante un lienzo ya empezado que se acerca y se aleja al modelo para captar toda su esencia. O será como el visitante en un museo largamente deseado visitar, deteniéndose en las obras que más le gustan y descubriendo otras no sospechadas.

Quienes somos en esta historia, el cuadro, el pintor, el observador, lo decidimos nosotros, sólo nosotros y podemos ir cambiando nuestra perspectiva de la vida, no pasa nada, tenemos derecho a cambiar de opinión, a equivocarnos, a cometer errores, a disfrutar.

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