Un enorme (y para mi, inexplicable) éxito de ventas. El libro para la gente a la que no le gusta leer

Hace un año salió publicada la primera novela de la trilogía Cincuenta Sombras. Desde entonces ha vendido más de 15 millones de ejemplares en todo el mundo.

 

En España apareció hace unas semanas la pirmera novela, cincuenta sombras de Grey, y en 4 días se situó en el número 1 de la lista de los libros de ficción más vendido. Se trata de tres novelas (Cincuenta sombras de Grey, Cincuenta sombras más oscuras y Cincuenta sombras liberadas) de temática erótica sado-maso que equiparan la seducción con la sumisión; el deseo con la posesión. Y, de verdad, no lo puedo entender. Como fenómeno literario, nunca deja de asombrarme el éxito de ventas de novelas como éstas, o El tiempo entre costuras, sin ir más lejos. Novelas que, según mi criterio -subjetivo, desde luego, y que no pretendo que sea más que el inicio de un debate-, no tienen gran valor literario. Y en cuanto al fenómeno sociológico, la verdadera clave del asunto… lo puedo entender menos. ¿O va a resultar ahora que las mujeres estamos mucho más reprimidas de lo que parece, y seguimos sujetas al patrón machista del sexo y el amor?
Cuidado con lo que sueñas…
No soy una mujer sumisa. Y nunca he sido muy de la Bella Durmiente. Yo soy más de Caperucita. Dicho esto, a raíz de esta novela entre colegas, amigas etc he estado estos días hablando y escuchando opiniones dispares sobre la atracción, el sexo, la sumisión, la obsesión… las mil y una caras del deseo, en suma. Intentando desentrañar las razones que se esconden tras el enorme éxito de una novela que equipara la seducción, el sadismo, el dolor, el sexo, la humillación… con el amor. ¿Y entonces, qué se supone que es el amor? Erika Leonard James, la autora de la trilogía, con quien pude hablar durante unos minutos en su reciente visita a Madrid, defiende que sus libros son exactamente eso, una historia de amor (¿alguien me lo puede explicar?) y de amor romántico, además, pues el personaje femenino –una chica inocente, virgen y, a primera vista, manipulable– poco a poco (pero sometiéndose a su juego, y dejándose pegar y humillar, lo cual para mi invalida todo lo demás) va consiguiendo que Christian Grey, un atractivo, rico, seductor y perverso hombre de negocios que la lleva a cenar en helicóptero, le regala un cochazo y la somete a sus deseos más oscuros, se enamore de ella sin poderlo evitar… Suponemos que, al final de la trilogía, es “liberado”, gracias al “amor” de Anastasia, de sus propios fantasmas y traumas infantiles. No se puede ser más tópico. Clichés de toda la vida, sobre los que la misma autora bromea: “Evidentemente, Christian Grey es un estereotipo imposible, el personaje que reúne todas las cualidades que a mí, y creo que a todas las mujeres, nos gustaría encontrar reunidas en un sólo hombre” (Eh, Erika, un momento, al menos a mi no me incluyas en tu lista de  “todas las mujeres”. Nada más lejos…). Escenas de sexo –sadomaso y “normal”– muy explícitas, aunque en ningún caso obscenas, ni escandalosas, ni siquiera admirablemente escritas. Más bien tópicas y ramploncillas. Una “cámara del dolor” con todo tipo de artefactos de tortura sexual… La novela que está arrasando entre mujeres de mediana edad de todo el mundo, cultura y condición, describe un tipo de relación en la que la mujer se somete voluntariamente, y previa firma de un minucioso contrato por escrito, a una serie de normas impuestas por un hombre, que incluyen la agresión física, la humillación moral, y el control absoluto sobre todos los aspectos de su vida, desde cómo se viste, qué come y qué castigos va a aceptar si no las sigue a rajatabla. ¿Cómo es posible?

¿Todas las mujeres somos Anastasia?

Según Freud, la inclinación a causar dolor a la pareja de alguna manera está presente en la mayoría de los hombres, y se inscribe en la necesidad biológica del macho de superar la resistencia del objeto sexual (objeto sexual para Freud es toda persona que provoca atracción sexual). Esto, exagerado, lleva a la conducta sádica. Y, consecuentemente, siempre, según la teoría freudiana, el masoquismo es su complemento, la exageración de la conducta pasiva del susodicho objeto sexual… Los psicólogos, de hecho, estiman que prácticamente la mitad de las mujeres tienen entre sus fantasías sexuales habituales el hecho de ser forzadas o sometidas… Mi naturaleza de mujer libre se rebela contra ello. Y no deja de resultar llamativo que miles de mujeres, en una sociedad en la que somos cada vez más poderosas, tenemos las mismas oportunidades, estamos reivindicando, y prácticamente alcanzando, los mismos derechos, y nos consideramos en un plano de igualdad con los hombres, encuentren en estas fantasías amo-sumisa una íntima satisfacción. “Creo que he destapado algo porque a todos, en cierto modo, nos gusta tener la fantasía del control, ser protegidos, no tener que pensar, que alguien lo haga por nosotros, y que todo sea maravilloso…” me explicaba Erika. Qué manía tiene esta señora, de verdad, de aplicarnos a “todos” en sus propios criterios. “Además, -seguía contándome- se trata sólo de una novela, una vía de escape para las mujeres, para mí misma y mi propio placer, que nos aleja de la rutina diaria y nos ayuda a soñar… De hecho, muchas lectoras me han escrito explicándome que mis novelas han contribuido a mejorar su vida sexual.” 
Vale, es sólo un libro. Y Justine, o Historia de O, son desde hace siglos parte de nuestro imaginario sexual. Pero claro, estas dos que cito son indiscutiblemente grandes obras de arte literarias. Y a mi no dejan de ser sorprendentes los 15 millones de ejemplares de la trilogía Cincuenta sombras vendidos en poco más de un año, y lo que queda.

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