¿Leerías una novela cuyo tema fuese, simplemente, un embarazo?

DIARIO DE 10 LUNAS

PRIMERA LUNA

Me desnudo ante el espejo. Me siento vacía, inútil. Miro mis pechos y los siento vacíos, inútiles. No soy una mujer, sino dos pechos absurdos que no tienen a quién amamantar. Hace mucho calor. Bajo la ducha, dejo que el agua caiga con fuerza sobre mi cara. Deseo borrarme, hacerme otra. Y al enfrentarme de nuevo ante el espejo con mi cara de siempre, esa a la que he llegado a amar a fuerza de aborrecerla, noto una difusa sensación de asco, un anuncio de náusea. Algo inconcreto que me llena de mariposas el estómago. Me lavo los dientes y el movimiento del cepillo me confirma una sospecha. Esperanza y miedo a partes iguales. Una náusea, el estómago que se rebela. Vomito. Me siento fatal, me duele todo el cuerpo, y sin embargo sonrío de nuevo ante el espejo. Y me reconozco. Noto cómo se me han hinchado las aletas de la nariz. Cómo han enrojecido mis mejillas. Me siento deliciosamente cansada. Y cómo no me he dado cuenta antes. Mis pezones están más redondos, y algo más oscurecidos. Me pesa el pecho… estoy embarazada. Lo sé. Sin duda. Y esta vez, vida mía, te voy a cuidar tanto, tanto te voy a querer que no vas a tener más remedio que quedarte aquí, calentita, dentro de mi. Durante diez lunas. Para entonces ya estará cerca la primavera”.

Elena de la Lastra, una mujer hermosa y valiente, que andaba deprisa y a grandes zancadas. Acostumbrada a hablar alto y tener razón. Elena entró suave y tímidamente en la clínica y se dirigió, escaleras arriba, a la planta 1, consulta 7 de Tocología, doctora Susana López Pinto. Demasiado bien se sabía el camino desde la otra vez, cuando acudió tantas veces en pocas semanas. Al principio subió aquellas escaleras incrédula. Luego perpleja. En pocos días ilusionada. Asustada. Alarmada. Para acabar en una de las camas del edificio de Maternidad de la Paz. Deshecha. A medida que subía la escalera iba perdiendo más y más confianza. Quizá es demasiado pronto. Quizá demasiado tarde. Náuseas. Se detuvo a mitad de los escalones, apoyándose en la pared con los ojos cerrados. “Respira hondo, tienes que tranquilizarte, Elena, respira, tranquilízate”. Falsa alarma.

“No tiene usted que sentirse culpable, Elena”. La doctora le hablaba dulcemente, como una madre hablaría a su hija, asustada ante su primera regla. “Es relativamente frecuente que el primer embarazo no llegue a cuajar, como dicen las abuelas. En su caso fue un proceso natural, no hay ninguna razón objetiva para que se repita ahora -sonriendo miró a Elena a los ojos, intentando transmitirle seguridad.- A ver… el análisis confirma el embarazo, pero apenas está de cuatro semanas. Esto quiere decir, según las tablas, que su fecha aproximada de parto será… el 16 de febrero” -la miró con ternura al verla tan seria, mirando las tablas como si fueran el oráculo- “¡Vamos, Elena, alegre esa cara, mujer!”

“Perdone, doctora, es que no se qué decir” Elena de nuevo tenía doce años, y le daba vergüenza reconocer que necesitaba fiarse de alguien, que alguien le diera la certeza de que esta vez no iba a pasar nada. Y aunque con la cabeza sabía que era una tontería, aunque lo había leído en los libros y normalmente era una mujer absolutamente racional, esta vez necesitaba sentirlo, saberlo con el corazón.

-“Esto no ha hecho más que empezar, Elena, tenemos mucho tiempo por delante. Si me permites tutearte… lo primero va a ser una analítica completa, para descartar posibles problemas, tu rh es positivo, ¿verdad? No hay problemas por esa parte. Para una ecografía es pronto, mejor lo dejamos para tu próxima visita, en la semana 5.

Con estos detalles prácticos Elena iba bajando de su nube particular. Susana había visto una y mil veces esa misma expresión en sus pacientes, y sabía que nada de lo que nadie le dijera podría animarla. Era algo que tendría que vivir a solas.

“Mientras tanto cuídate, mímate y descansa todo lo que puedas, sin dejar de hacer tu vida normal. Los cuidados básicos ya los conoces, es cuestión de sentido común… nada de fumar, ni beber alcohol, no tomes carnes crudas hasta que no tengamos el resultado de la analítica, y puedes hacer deportes o ejercicios suaves, siempre sin cansarte en exceso.”

-sí, ya lo sé, Tana. De verdad que te agradezco tus ánimos… es que… no se qué me pasa…

-No tienes que explicarme nada Elena. Es normal que estés asustada, pero tienes que hacer el esfuerzo. Dentro de unos días, ni recordarás esta incertidumbre. ¿Tienes mi número de móvil? Con cualquier cosa, no dudes en llamarme y si no me localizas, díselo a tu cuñada, Yoli, ya sabes que casi todas las tardes nos vemos, aunque sea un ratito. Con toda confianza, de verdad.

-Muchas gracias, Tana, por todo. -Sonríe… lo intenta- y no te preocupes, me cuidaré al máximo. –

Elena se levanta, se pone la chaqueta mientras la doctora admira en silencio su fuerza, su lucidez. Si fuera consciente del efecto que causa en los demás no sería a veces tan insegura… -Gracias, pediré cita para la próxima semana, ahora vamos a vernos a menudo…

Parece tan sencillo. Elena bajaba las escaleras decidida, atravesando el hall de las consultas externas donde esperaban dos mujeres embarazadísimas, que miraron con envidia su tripa, aún plana. Salió de la clínica y avanzó por la acera buscando el ya tímido sol de la tarde, buscando el calor en su piel. -”Que alegre la cara. Que no me culpabilice. Ya lo sé. Lo sé con la cabeza. Pero lo que Tana no sabe es que el corazón tiene sus propias razones. Por lo menos el mío, siempre rebelde. Me estoy volviendo loca, pienso una cosa y hago todo lo contrario. No me entiendo ni yo. Tengo que llamar a la plasta de Yoli, claro, en cuanto tenga un minuto, como se entere por Tana y no por Mario o por mi, se va a agarrar el cabreo del siglo. Qué coñazo, encima a quedar bien con la gente… como si no tuviera bastante con lo que tengo.”

Mario entró en casa, soltó el maletín junto al arca de la entrada, y se aflojó el nudo de la corbata. El sudor y el roce de la camisa habían dejado un cerco rojo en su cuello, como si hubiera intentado degollarse. Era un hombre moreno, fuerte, con un cuello potente que siempre le daba problemas para encontrar camisas que no le apretaran. Rascando la piel enrojecida entró en el salón, donde Elena lo esperaba tumbada en uno de los sofás, con los documentos que le había dado la doctora en la mesita del teléfono. Se había quedado dormida pensando en lo que le iba a decir a Mario. Por eso no le dijo nada.

El, sorprendido por encontrarla en casa antes de las 8 de la tarde, se acercó y leyó la confirmación del embarazo. Emocionado, le tomó una mano a su mujer y la besó en la frente inclinándose sobre ella despacito, con delicadeza, como se besa a una niña a la que hay que proteger.

-”Está tan cansada… con esas ojeras, y la piel de repente tan blanca, parece una niña”. Y Mario sintió que, desde ahora, ya nada sería igual entre ellos. Cómo amarla. Qué debía sentir un hombre. Qué se supone que debía hacer. Cómo pedirle sexo, deseo, todo lo que necesitaba de ella, cuando vivía algo tan frágil en su interior. Cómo amarla. Cómo ella iba a amarle a él. No quería perderla, a su cómplice, su amante, su compañera. Era egoísta, se daba cuenta, pero dolía. ¿Qué podría decirle que no la ofendiera, que no sonara demasiado aséptico? Joder, ¿qué se supone que tiene uno que decir cuando va a ser padre de alguien a quien ni siquiera conoce?

-Elena… Nena… cómo estás…

-Ay! Mario! te estaba esperando, quería decirte…

-Ya lo se, Nena. He leído el informe de Tana López. ¿Estás contenta? Se llamará como yo, como mi padre y como mi abuelo. ¡Mario!

-¡Mario! ¿Y si es niña?

-Pues María, claro”

De repente, todas las telarañas que el sueño había sembrado en su mente se depejaron. Una despierta y qué encuentra. A un extraño egoísta que se apropiaba de su vida, que le hacía sentir mal, que le provocaba la náusea con ese olor a hombre, a sudor, a whisky. ¡Mario! ¡María! Ni una muestra de orgullo, de cariño… Elena odiaba llorar, mostrarse débil. Pero no podía parar las lágrimas delante de ese monstruo al que acababa de descubrir viviendo a su lado.

Le odio, Me odio. No quiero seguir con esto. Te quiero, niño mío, vida mía, pero te mereces otra cosa,  otro padre que te quiera a ti, no a sí mismo reflejado en otra persona. Te mereces otra madre, una mujer de una pieza que sepa desde el principio qué hay que hacer. Te adoro niño mío, niña mía, como quiera que te llames, pero siento que no te merecemos

-”Elena, no llores, dónde vas ¡Qué he dicho!”

Mario no entendía nada mientras miraba cómo su mujer corría por el pasillo. Esa mujer a la que a pesar de todo admiraba. Tan complicada. Tan frágil. Tan fuerte. Tan sencilla.

-”Voy al baño. Tengo que vomitar. ¡Eres un cabronazo!

-”Pues empezamos bien. ¡Vaya embaracito que nos espera!”

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