La verdadera Belleza

Hace no tanto tiempo, Casandra me propuso la idea de participar en vuestro pequeño gran grupo, y la idea era aportar alguna frase, fragmento o relato para compartir -como si de un café con dulces se tratase, en una tarde de mayo-. Me pareció una idea más que interesante, ya que somos seres obstinados, creyéndonos que casi todo, y con la edad, debemos saberlo, hasta que lo leemos, y es cuando nos provoca el pensamiento, bien para estar de acuerdo, bien para mostrar inconformidad, o bien, y después de lo leído, para no decir nada -que no es poco, ya que la opinión necesita de pensamiento, y a veces hablamos antes que pensamos-. Claro está, descarto al que no le provoque nada, porque es imposible al lector que se quede frío con lo que lee. Algo siempre le produce, aunque sea sueño.

Reconozco que cuando leí el fragmento de Vargas Llosa me produjo mucha empatía, y pensé que estos “dulces” con este café podría ser acertado para mi bautismo en el grupo. Sigo pensando que la sociedad -tan modernos como creemos que somos- debería tener, ya, más claro la igualdad de roles; provocar que la palabra “discriminación” esté en desuso, nos suene a latín, y que reconocimiento no sea incluido necesariamente con Dior, Coco Chanel o ni tan siquiera Calcedonia, si no que estas marcas se vean ampliamente recompensadas porque una mujer las lleve. Por supuesto, buscar la felicidad por aquellas cosas que son necesariamente nuestras, necesariamente humanas. El resto -para mi- siempre será ciencia ficción.

No alargo más, aquí os dejo el texto. Espero disfrutéis, tanto como yo de él.

Todas las flores del desierto están cerca de la luz. Todas las mujeres bellas son las que yo he visto, las que andan por la calle con abrigos largos y minifaldas, las que huelen a limpio y sonríen cuando las miran. Sin medidas perfectas, sin tacones de vértigo. Las mujeres más bellas esperan el autobús de mi barrio, o se compran bolsos en tiendas de saldo. Se pintan los ojos como les gusta y los labios de carmín de chino.

Las flores del desierto son las mujeres que tienen sonrisas en los ojos, que te acarician las manos cuando estás triste, que pierden las llaves al fondo del abrigo, las que cenan pizza en grupos de amigos y lloran sólo con unos pocos, las que se lavan el pelo y lo secan al viento. Las bellezas reales son las que toman cerveza y no miden cuántas patatas han comido, las que se sientan en bancos del parque con bolsas de pipas, las que acarician con ternura a los perros que se acercan a olerlas. Las preciosas damas de chándal de domingo. Las que huelen a mora y a caramelos de regaliz.

Las mujeres hermosas no salen en revistas, las ojean en el médico, y esperan al novio ilusionadas con vestidos de fresas. Y se ríen libres de los chistes de la tele, y se tragan el fútbol a cambio de un beso.

Las mujeres normales derrochan belleza, no glamour, desgastan las sonrisas mirando a los ojos, y cruzan las piernas y arquean la espalda. Salen en las fotos rodeadas de gente sin retoques, riéndose a carcajadas, abrazando a los suyos con la felicidad embotellada de los grandes grupos.

Las mujeres normales son las auténticas bellezas, sin gomas ni lápices. Las flores del desierto son las que están a tu lado. Las que te aman y las que amamos. Sólo hay que saber mirar mas allá del tipazo, de los ojazos, de las piernas torneadas, de los pechos de vértigo. Efímeros adornos, vestigios del tiempo, enemigo de la forma y enemigo del alma. Vértigo de divas y llanto de princesas.

La verdadera belleza está en las arrugas de la felicidad.”

– Mario Vargas Llosa.

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