En Cáceres, a los niños se les llama Jorge, y a las niñas, Montaña

 Jorge y Montaña son de los nombres más típicos para los nacidos en Cáceres. Son los nombres de sus patrones, San Jorge y la Virgen de la Montaña. Ambos son nombres que hacen referencia al cristianismo, y fue un 23 de abril, festividad de San Jorge, de 1223, cuando las tropas cristianas de Alfonso IX entraron en la ciudad de Cáceres y la conquistaron a los musulmanes.

Esto es un  dato de la historia, que, en Cáceres se recrea con una hermosa leyenda en la que el amor de una bella mujer mora y la traición de su amante cristiano son los protagonistas de la conquista de Cáceres. Es la leyenda de la Mansaborá, nombre de la cueva o del pasadizo por el que entraron las tropas del rey leonés, tras obtener la llave de la alcazaba árabe, hoy  convertido en el Museo de las Veletas, de manos de la hija del Cadí musulmán, que la dio para verse con su amado.

Al enterarse, su padre  la castigó convirtiéndola a ella en una gallina y a sus doncellas en polluelos a los que se oye cacarear la noche de San Jorge por la Ciudad Monumental. El encantamiento solo se pasaría cuando Cáceres volviera a ser de nuevo musulmana.

Hoy en día, esta leyenda recrea la víspera del 23 de abril. Una gran procesión de moros y cristianos, con un decorativo dragón,  recorre las principales calles de la ciudad hasta la Plaza Mayor, pórtico de la Ciudad Monumental, donde un San Jorge a caballo le lanza flechas con fuego y es quemado ante los ojos de millares de niños y mayores que no nos cansamos de recordar año a año la hazaña.

El espectáculo es dinámico, se acompaña de actuaciones, acrobacias, y distintos elementos que le van dando innovación. Y al apagarse la hoguera del dragón, que unos años tiene una cabeza y otros varias, y que siempre logra ser una sorpresa del estilo de la cabalgata de Reyes, y al terminar los fuegos artificiales, comienza el juego de la gallina de los huevos de oro, donde los más jóvenes salen en busca de un premio –en forma de talón- escondido por la parte antigua de la ciudad.

Al parecer, lo del desfile de moros y cristianos es una tradición que apenas tiene algo más de cincuenta años y que trajo un obispo local, Llopis Ivorra, que llegó desde Alcoy y no se le ocurrió nada mejor que recrear en Cáceres la fiesta más típica de su tierra.

No importa. Cáceres se ha caracterizado siempre por ser crisol de culturas, y de convivir cristianos, judíos y musulmanes en épocas más tolerantes. También fue un lugar de paso de la trashumancia, y apellidos de otras tierras se unieron con los locales. Por lo tanto, no importa si una de sus fiestas más tradicionales vino importada de tierras valencianas. Ni tampoco importa, si su santo patrón es compartido con otras ciudades, como Barcelona o Praga, donde he visto la misma escultura de San Jorge que preside la plaza del mismo nombre en Cáceres.

Así es esta ciudad: de gran patrimonio, variopintas tradiciones, y mucha mezcolanza.

 

 

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