Domingo de Resurrección, símbolo de esperanza

La liturgia de la Semana Santa es la más intensa del año católico. Al igual que buena parte de las manifestaciones cristianas,  hunde sus raíces en fiestas ancestrales, en ocasiones unidas a la religiosidad, en otras inspiradas en celebraciones paganas. Como ejemplo muy evidente de esta afirmación podemos hacer referencia a su coincidencia con las celebraciones primaverales.  Pasionaria nos informaba en su entrada sobre ”el-poder-de-la-luna-llena‘’ de que el Concilio de Nicea -325 d.C.-  acordó que el día de Pascua –el día de la Resurrección de Jesús- se celebraría en domingo y que éste sería el siguiente al de la primera Luna llena, después del equinoccio de primavera.

Está sobradamente demostrada la interconexión entre la  rememoración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo y  el renacimiento de la vida tras la muerte del invierno que simboliza la primavera. Sin ir más lejos, he rebuscado en la etimología de la palabra ‘’primavera’’ y he hallado que deriva de la unión de los vocablos latinos ‘’primus’’ –primero- y ‘’viridis’’ –verde-. En suma, cuando los primeros brotes verdes de cada  nuevo año empiezan a florecer, los cristianos celebran el renacer a una nueva vida espiritual. La alegría inunda sus corazones al  descubrir que la muerte no es el final. Por el contrario, la muerte simbólica de Jesús abre la puerta a la esperanza para el resto de  la Humanidad. Pretende demostrar que cada hombre tiene en sus manos la capacidad única, la libertad, para optar por la felicidad a través de la fraternidad.  Se nos invita a ser mejores personas, dejando atrás toda negatividad  y  apostando por la bondad.

Pero antes, Jesús ha vivido concentradas, a modo de ejemplo para quien lo quiera entender así, cuantas experiencias pueden esperar a una persona en toda su vida. En su entrada triunfal en Jerusalén, el Domingo de Ramos, es aclamado y alabado como el ‘’Mesías’’, ‘’El Salvador’’. Originalmente, la clamorosa acogida fue por parte de los habitantes de Jerusalén. Hoy, en el rito de la procesión de las palmas, por todos los católicos del mundo. Esta circunstancia acelerará su detención y muerte. Las élites de la época, políticas y religiosas, no pueden permitir que el pueblo idolatre a un líder con un mensaje tan peligroso: ”Amáos los unos a los otros como yo os he amado”.  El Imperio se lava las manos y los sacerdotes y fariseos tienen el camino libre para quitarlo del medio. Sólo tiene que negar su verdad y la osadía será saldada. Sin embargo, …… esa no era su hoja de ruta. Para eso no había llegado hasta allí, aunque muy pocos supieron comprenderlo.

Precisamente, esa incomprensión aceleró los acontecimientos. Y, en los días previos a la muerte de Cristo, sus seguidores pasarían de la veneración al odio. Nada nuevo bajo el sol ni antes ni después en la Historia de la Humanidad. Jesús sabe que se acerca el final, y siente miedo ante el dolor que le espera. Siente la soledad de sentirse abandonado. Siente tristeza conociendo de antemano el rechazo de sus discípulos en la hora definitiva y, sobre todo, ante la traición de Judas, el más amado. Después, en los días que transcurren desde  el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, todo se acelera hacia el inevitable fin. El destino también parece tener cartas marcadas en este relato.  Jesús sufre un juicio sumarísimo repleto de irregularidades –existen estudios de expertos al respecto- es encarcelado, condenado a muerte, vilipendiado, acosado, torturado y, finalmente, muerto.

Las mismas personas que le aclamaban tres días antes, en cuanto sus circunstancias cambiaron, no dudaron en salvar antes a un ladrón y a un asesino. Insisto, nada nuevo bajo el sol ni antes ni después de Él. Finalmente, no entendieron el objetivo último de su sacrificio, el por qué  de su estancia en la tierra y en sus propias vidas: transmitir el ‘’auténtico amor’’, en palabras de san Pablo y de san Agustín.

Barroquismo antropológico

Otra cosa es, en mi opinión muy particular, el montaje, la puesta en escena  y la parafernalia barroca que algunos pueblos han creado en torno a este pasaje de los Evangelios.  Las procesiones, los pasos, la imaginería, el esfuerzo de los costaleros, los redobles de tambores y bombos, las estridencias,  los terciopelos, dorados y platas, los capirotes, las ceras y el ornamento floral. Saetas y vivas desenfrenados, llanto y emoción a flor de piel. Pasión religiosa, artística, musical, turística y ociosa.

Todo ello está muy bien, desde mi punto de vista, como manifestación antropológica singular en cada pueblo, atractivo turístico, sector productivo, factor de generación de riqueza y empleo,  y expresión de idiosincrasia local a la que están estrechamente ligadas muchas de nuestras vivencias.

Son muchos los momentos especiales que conservo en la memoria acaecidos en Semana Santa. Recuerdo a mi abuela, y su advertencia de que había que estrenar algo en Domingo de Ramos para que el resto del año tuviéramos buenas nuevas. Recuerdo a mis amigas, adolescentes, mostrando orgullosas aquel traje recién estrenado. Recuerdo a muchos niños, ilusionados detrás de la borriquita, con su ramita de olivo en la mano. Y, sobre todo, puedo ver a mi madre, emocionada por la idea de poder vivir otra Semana SANTA. La semana más especial del año para ella, por muchas razones.

Este domingo de Resurrección que pone fin a la Semana SANTA de 2013 deseo a todos, creyentes y ateos, cristianos y católicos, capillitas, beatos y agnósticos, que hayáis disfrutado, en libertad y concordia, estos días de asueto, fiesta  y descanso. Unos reviviendo vuestra fe,  creencias y pasiones. Otros, desde el desapego y la descreencia. Que vuestro particular despertar a la nueva luz de la radiante primavera recién estrenada que nos invade sea fructífero y os llegue cargado de vida, felicidad y esperanza, sobre todo, esperanza.

 

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