Desmontando la "Moralina Sexual" (1ª Parte): ¿Por qué nos gusta el sexo?

Hablar de sexo no es fácil. No es fácil romper tabúes y afrontar miedos.

La Real Academia Española define “Tabú” como: “Condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”.  Por poner un ejemplo actual, en nuestro país la violencia de género ha sido tabú durante muchos años. Ya no lo es.

Podemos decir que un tabú es aquello que nosotros dejamos que lo sea.

La sexualidad no es algo externo que decidimos o no afrontar. Es algo que tenemos, algo que somos. Por más que intentemos taparlo todos compartimos ese aspecto de nuestra persona, como animales que somos.

Yo he nacido con mis genitales puestos, y vosotros con los vuestros. No tengo manera alguna de quitármelos ni de deshacerme de ellos. Estaban allí cuando nací y seguirán ahí cuando me muera. No tengo por qué hablar de ellos si no quiero. ¡Ni leer sobre ellos!. La cuestión interesante sería: ¿porqué hay una parte de mi cuerpo o de mi persona de la que no quiero hablar?

Este es el primero de tres artículos en los que desgranaré el concepto de “Moralina sexual”. Vamos a desmontarlo, a tratar sus diferentes aspectos, a ver lo que hay debajo de ese tabú.

 

¿Por qué nos gusta el sexo?

 

El sexo es una de las conductas más agradables para los animales que lo practican. Y para quitarnos un poco de carga, veamos por qué.

Los animales que se reproducen de forma sexual, como nosotros, necesitan realizar el coito para seguir existiendo. La reproducción es la única garantía de supervivencia de una especie. Y si hay algo que cualquier especie quiere por encima de todo, es sobrevivir.

La manera más sencilla de que un animal repita una conducta es que esa conducta concreta le proporcione algún tipo de refuerzo positivo, de satisfacción.

La Naturaleza, Dios, la Evolución o cualquier ente superior en el que creamos, son muy sabios. A través de miles de años de evolución se ha perfeccionado el mecanismo reproductivo de manera asombrosa. Existen, en los animales que usan la reproducción sexual, unos tejidos específicos que sirven única y exclusivamente para proporcionarles placer. No son útiles para la reproducción en sí misma, ni necesarios para procrear. Sirven sólo para que, al realizar el coito, el animal se sienta bien, sienta placer y así, repita esa conducta.

Ya que nos ponemos técnicos, os cuento un poco más. Nuestro órgano sensitivo más importante y más amplio es la piel. En sus diferentes capas se encuentran situados distintos receptores de estímulos, que se activan y transmiten diferentes sensaciones. Uno de esos grupos de receptores se denomina “Corpúsculos de Krause”. Hay dos tipos de Corpúsculos de Krause, pero los que nos interesan a nosotros son los que se encargan de recibir sensaciones táctiles. Estos corpúsculos se encuentran única y exclusivamente en una parte de nuestro cuerpo: los genitales. Concretamente, en el hombre se localizan en el glande del pene; y en la mujer, en el glande del clítoris.

Estos receptores necesitan una estimulación rítmica sostenida (como la que se produce durante las relaciones sexuales) y son los responsables de recoger y transmitir la sensibilidad erógena. Existen más receptores mecánicos relacionados con el placer sexual, ¡pero no estamos en clase de biología!. Los Corpúsculos de Krause son los relacionados más estrechamente con el placer sexual, tanto que se han llegado a denominar “Corpúsculos de la Voluptuosidad”.

Pero no sólo la fisiología se pone de parte del placer. También lo hace la neuroquímica. Las relaciones sexuales alteran la química cerebral, poniendo en marcha lo que se conoce como Circuito de Recompensa, unas vías neurales que incluyen varios núcleos cerebrales y que nos proporcionan sensación de bienestar cada vez que repetimos una conducta concreta. Estás mismas vías se activan, por ejemplo, cuando hacemos ejercicio, cuando comemos algún alimento que nos gusta mucho o cuando se consume alguna droga.

Biológicamente, nuestro cuerpo está diseñado para sentir placer sexual. Distintos tejidos, órganos y neurotransmisores se unen en un concierto bien ensayado en el que nosotros nos sentimos en la cima del mundo. Y queremos repetir.

No importa cuán fuerte sea la presión social, no importa la religión, la educación, la moral o la fuerza de voluntad. Tu cuerpo quiere repetir. Quiere volver a tocar esa canción y volver a oírla. Porque las orquestas no están hechas para que los instrumentos se llenen de polvo en sus fundas. Están hechas para que disfrutemos oyéndolas tocar.

Por eso lo animales disfrutan del sexo. Por eso a nosotros nos gusta tanto.

En los siguientes artículos, veremos porqué ese placer tan “natural” se ha ido convirtiendo (o pervirtiendo) hasta llegar a ese tabú que nos cuesta tanto desechar.

Hasta entonces, ¡disfrutad!

 

 

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