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“A pesar de las muchas dificultades y del riesgo, tiene todo el sentido luchar por el  derecho de las mujeres a una vida libre de violencia y por la autonomía económica para ellas y sus hijos”. Victoria López Guzmán es una cordobesa que trabaja con mujeres indígenas mexicanas desde hace casi 30 años. En comunidades indígenas muy pequeñas vivió durante 18 años como religiosa de la Congregación de las Hermanas de Jesús. Después, las circunstancias y su propia transformación y proceso interior la llevaron por otros caminos de acción. Ahora, colabora con el Grupo de Educación Popular con Mujeres (GEM). Desde 2011, con esta organización desarrolla un proyecto de formación en Derechos Humanos de las Mujeres en el Estado de Oaxaca, al sur de México.   Retomamos hoy el contenido de la entrevista cuya primera parte publicamos el pasado día 10 de agosto. 

Pregunta.-¿Qué lleva a una joven española de 27 años a una comunidad indígena de poco más de 200 personas en una de las zonas más deprimidas de México?

Respuesta.- Pues, la verdad es que yo no creo en la casualidad, siempre hay una causa. Yo quería entregar mi vida a una causa seria e ingresé como monja en la Congregación de Hermanas de Jesús, una comunidad religiosa, cercana a los pobres, fundada por una mujer francesa e inspirada en la espiritualidad de Carlos de Foucauld. Esta Comunidad surgió en el desierto de Argelia. Viví poco tiempo en el norte de España y posteriormente pedí vivir en México. Después de un año en el Distrito Federal, mi sueño se vio cumplido: compartir la vida de la comunidad indígena hñähñu de San Clemente, una ranchería perdida en la Sierra Madre. Allí viví 18 años compartiendo lo poco y mucho que tenían. Una población con muy pocos recursos materiales pero de gran riqueza humana y espiritual. Como ellas/os, nos abastecíamos de lo poco que daba la tierra y de la crianza de un rebaño de cabras. También elaborábamos tejidos con hilo de agave y bordados. Pero, aprendí su lengua y sus valores, su sentido de la vida y de la muerte, su actitud agradecida y generosa ante la precariedad del contexto. Aprendí la importancia del saludo, de compartir y de acoger, de las relaciones discretas y respetuosas. Las mujeres indígenas, de alguna manera, me regresaron mi propia historia, y empecé a tomar consciencia de mi propio proceso vital.

P.-¿Cómo vivían aquellas mujeres que usted encontró hace casi treinta años en la sierra Madre?

R.-Recogían leña en el cerro sujetando a sus bebés sobre la espalda. Guardaban las cabras en el monte. Elaboraban tejidos que después bordaban y les servían para confeccionar distintas prendas de vestir. En pequeños mercadillos rurales vendían los productos que fabricaban y no utilizaban ellas mismas. Su vida es una lucha continua, sin descanso, desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Y, como en toda cultura, también ahí se viven contradicciones. La armonía cultural-espiritual con la riqueza de sus ritos y mitos y la austera belleza del lugar, tiene también la otra cara de la moneda: la pobreza, y sus consecuencias sobre todo en las mujeres y las niñas/os, quienes siguen siendo la población más desprotegida.

Aparentemente, las mujeres aparecen como el baluarte de las familias y de la comunidad, pero en las reuniones comunitarias en las cuales hay que tomar decisiones, no tienen voz ni voto. Esta situación se ha ido agravando con la salida de los hombres a Estados Unidos en busca de trabajo. El papel de las mujeres en la comunidad es de mucha responsabilidad: solas enfrentan la crianza y educación de sus hijos/as, trabajan la tierra y cuidan los rebaños, participan en las asambleas comunitarias pero sin derecho a voto. Su mayor participación consiste en representar al esposo si está ausente, y traer y llevar la información dada en las asambleas comunitarias.

A partir de este choque cultural, entre el esposo que emigra y la mujer que queda en su ámbito cultural, ha aumentando la violencia considerablemente, sobre todo la violencia psicológica.

P.-¿Cuál fue su reacción ante esta situación?

R.-En primer lugar, esta situación de violencia que vivían las mujeres me remitió a mi propia historia y a hacer una seria relectura de mi vida. A partir de ahí, empecé a conectarme con otras religiosas inquietas en este campo, a confrontar la experiencia con mujeres de otros contextos y con grupos de feministas… y por supuesto mi horizonte se fue ampliando, viendo no solamente la dura realidad de las mujeres, sino la causa de ella que está íntimamente conectada con el patriarcado, como construcción social y cultural que nos educa a mujeres y hombres para la desigualdad y no para la igualdad de derechos y oportunidades.

Después de esta experiencia fui llamada al Distrito Federal para prestar un servicio en la congregación, pero la inquietud que despertó en mí la situación de las mujeres durante esos años en San Clemente, estaba latente.

Desde ese “movimiento interno”, fui invitada a colaborar con GEM en su área de Derechos Humanos de las Mujeres, para dar talleres a un grupo de mujeres semi-rurales de la periferia de la ciudad, y posteriormente, con otro grupo de mujeres indígenas del Estado de Oaxaca. Nuestro acompañamiento continúa actualmente con ambos grupos.

De esta manera, empezó a bifurcarse mi camino en la congregación. Por un lado, estaba mi compromiso con las mujeres, que no fue bien entendido ni acogido por la institución, y a esto se le añadían otras circunstancias internas a la institución que no permitían la coherencia con mi proceso personal.

P.- Y, entonces, abandonó la comunidad religiosa y empezó a vivir  como seglar.

R.-Efectivamente. El espacio se me hizo pequeño, no me sentía contenida ni acompañada y fue entonces que decidí dejar la institución y seguir mi propio camino desde una mayor coherencia interna y respeto a mi proceso personal, al que no estaba dispuesta a renunciar. Tenía conciencia de que esta decisión tendría un alto costo a nivel de “seguridad”. A partir de entonces, tenía que empezar de cero en todos los aspectos… sin apoyo ni seguridades de ningún tipo, sin posibilidad de atención médica, y con mucha precariedad económica, pero con la libertad que da vivir responsablemente mis decisiones y opciones, y con la conciencia de ser coherente conmigo misma.

Hoy, puedo afirmar con el corazón agradecido que fui encontrando muchos gestos de cercanía, cariño y solidaridad en mi camino, que me han venido sosteniendo y acompañando hasta el día de hoy.

Después de la salida, continué mi trabajo con el grupo de mujeres de la zona de Milpa Alta, periferia del Distrito Federal, y en 2011 comenzamos a trabajar con otro grupo de mujeres indígenas en San Bartolo Coyotepec, Oaxaca.

Inmediatamente después a mi salida de la institución, empecé a estudiar la Especialidad en Logoterapia, con el objetivo de seguir acompañando con otras herramientas y desde un proceso terapéutico, a estas mujeres y a las personas que lo necesitaran.

P.- Usted misma, como mujer sola y en situación precaria frente a un sistema y una sociedad donde los derechos de las mujeres brillan por su ausencia, ¿no ha sentido miedo alguna vez? ¿No ha querido regresar a la seguridad de su país y al cobijo de su propia familia?

R.-Si te dijera que no, mentiría. Algunas veces me lo he planteado. Y aún muchos días surge la angustia debido a la situación económica. Pero, precisamente el deseo de seguir acompañando a esta población excluida, violentada y discriminada, me mantiene en la brecha. La logoterapia me ha servido, en principio, a mí misma, para enfrentar la inseguridad y seguir dando pasos, además de ser un instrumento para ayudar a otras mujeres con las que he trabajado en los últimos años.

P.- ¿Cuál es la situación actual de aquel país?

R.- No es sólo México, en toda Centroamérica y en gran parte América del Sur, la situación de la mujer es alarmante. Todas las mujeres, de una manera u otra, hemos sido víctimas de violencia, y esto tiene que ver con la educación patriarcal que hemos recibido mujeres y hombres, pero ciertamente, si además de ser mujer, eres pobre e indígena, la violencia sube de tono y de profundidad.

México, es un país con una población de 120 millones de personas, de los que 60 millones viven en la pobreza. La mitad de la población. Y son las mujeres y las/os niñas/os, quienes están en una situación de mayor vulnerabilidad. Por aportar algún dato que lo confirma,  te diré que desde el año 2000 hasta hoy más de 500 mujeres han sido asesinadas en Ciudad Juárez, en la frontera norte. Pero la situación es generalizada en todo el país. Miles de mujeres han sido secuestradas, maltratadas y aparecidas muertas en otros estados de la república, según vienen denunciando reiteradamente el Movimiento de Madres, ONGs locales e internacionales de defensa de derechos humanos y la propia Iglesia Católica. El “feminicidio” es un concepto que nace en México y se extiende a toda Centroamérica para designar este drama alarmante.

P.- Ante estos datos verdaderamente alarmantes, ¿Qué respuesta dan los gobernantes o la Comunidad internacional?

R.- Lamentablemente hay mucha corrupción e injusticia. Cuando las mujeres acuden al Ministerio Público para denunciar la violencia vivida y exigir sus derechos, son incluso revictimizadas, por eso gran parte de ellas, no se animan a presentar la denuncia.   Cuando un grupo de mujeres se organiza y consigue dar un paso hacia su independencia y la conquista de sus derechos como ciudadanas, también sufre persecución y amenazas, por eso es importante hacer esta lucha de manera colectiva. Es muy difícil levantar la cabeza, no te digo ya la voz.

P.- Entonces… ¿Qué sentido tiene vuestra lucha? ¿No es demasiado arriesgado persistir?

R.-Mientras haya una sola mujer que logre salir de la violencia y vivir su vida con dignidad, para nosotras tendrá sentido esta lucha. Por ejemplo, el grupo de mujeres de Milpa Alta, con quienes trabajamos desde hace 4 años, tienen desde hace un año una panadería que ellas mismas gestionan. Este proyecto productivo, hace que se sientan valoradas y capaces de comprometerse con otras mujeres de su entorno. Para ellas, fue un paso importante hacia su autonomía económica, que fuimos consiguiendo a través de la gestión de proyectos.

Con el grupo de mujeres de San Bartolo Coyotepec, en Oaxaca, quienes viven en torno al basurero municipal, queremos reforzar, en primer lugar, el proceso de formación. Estamos en la segunda etapa de este proceso, y esperamos que, partiendo de sus necesidades, también puedan ser apoyadas para implementar un futuro proyecto productivo.

Una mujer empoderada es capaz de transformarse a ella misma y a su entorno, y mayor fuerza e incidencia tendrán, si este proceso se hace colectivamente.

Epílogo.- Esta entrevista tuvo lugar a finales de mayo en Córdoba, España. Victoria regresó pocos días después a México con todas las incertidumbres. En ese momento no tenía asegurada la financiación, ni en todo ni en parte, de su proyecto. Felizmente, una aportación que les ha permitido arrancar les llegó poco después. No obstante, necesitan más apoyos. Y eso es lo que reclamo hoy desde esta página a toda aquella persona que nos lea y en la medida de sus posibilidades. Primero, porque la causa merece la pena. El contenido íntegro del proyecto también está publicado en esta página. Segundo, porque es necesario mantener la esperanza. La esperanza de este mundo radica en personas como Victoria, ejemplo de otras muchas desperdigadas por el orbe terrestre. La esperanza es, precisamente, esa gente que, pudiendo tener una vida fácil ha elegido el camino más difícil, entregar su vida a una causa seria –en sus propias palabras-. Gracias Victoria  y a todos los que representas.

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