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Naziha abrió los ojos. Al principio no sabía donde estaba, y entre las resecas nebulosas de sus párpados, logró ver nubes en un cielo semi oscuro. El ruido de las -por fin- apaciguadas olas golpeando de forma suave el bote, lograba de aquel, un lugar relajante, después de casi tres días de viaje, con excesivas mareas embrutecidas, golpeando fuertemente la pequeña barquilla.

Rápidamente buscó a Ozmani entre los habitantes de la patera. Pronto, sus ojos dieron a parar a él. Estaba dormido entre montones de personas, que también dormían. No tenía buena cara. En realidad llevaba varios días con tez descompuesta. Quería socorrerlo, pero hacia tiempo que sus fuerzas desfallecían. Prefirió no moverse y esperar al final. Miró a su derecha y vio aún los dos cuerpos, inertes, fríos, que sin vida, yacían a su lado. Ese fue el fin de su viaje, de su ansiado viaje a una nueva tierra. En cierto modo, quizá así había pasado. Se oía un silencio excesivamente sonoro, cosa que le asustaba. Se dio una media vuelta y volvió a dormirse, no quería seguir viendo nada más.

A la mañana escuchó voces, rápidamente ella se tiró al agua, y pudo ver a quinientos metros la orilla de Cádiz. Sabía que si le apresaba la guardia marítima, podría deportarlos nuevamente a su ciudad, y eso sería el fin de unos sueños hasta entonces fracasados.

Nadó de forma incesante hasta la orilla, su corazón parecía salírsele de la boca. A veces desfallecía, sacaba  la cabeza -tragando agua- como podía para mirar la distancia a la arena, y cada vez parecía estar más lejos. Hubo olas que le sacudían con tal violencia que le dejaba unos segundos inmóvil, vencida a su suerte, pero al rato volvía con furia nuevamente a nadar…, hasta por fin, llegar a la ansiada orilla.

Se tumbó semi escondida en una duna. Tenía muchísimo frío, tanto que apenas sentía tiritar su cuerpo. Parecía no le habían visto escaparse. Tenía mucha sed, y mucha hambre, pero no se le iba la idea de esconderse. Estaba cerca. Ya rozaba su sueño, aunque quería saber la suerte de sus compañeros, y sobretodo de él.

La vista a veces se le iba, pero pudo diferenciar a Ozmani de lejos, como lo sacaban de la patera y lo ponían al lado de algunos que parecían moverse. Eso era buena señal.

Ellos se conocieron de pequeños, faltaron a las mismas clases. Fumaron los mismos cigarros y robaban a los mismos tenderos para poder llevarse algo a la boca.

Ozmani era la segunda vez que lo intentaba. La primera, quien le prometió pasarle se quedó con todo su dinero. Ese día lloró desconsolado, pero Naziha le prometió ayudarle. Le dijo que podría conseguir más dinero para él y para ella. Así fue. Ozmani jamás supo que ella tuvo que prostituirse para conseguirlo durante un largo tiempo. Esa parte de vida, quería borrarla ahora, en este nuevo mundo.

De pronto, y sin mediar palabra, un guardia civil tapó el cuerpo de Ozmani. Ella lo vio de lejos.

Se quedó inmóvil, y unas lágrimas brotaron de sus ojos, y allí, sin más, no quiso moverse. Allí se quedó.

A los dos días se encontraron a Naziha. Estaba muerta. Nadie reclamó su cadáver. Tan solo un grupo reducido de periodistas preguntaron sobre su muerte. El médico dijo que Naziha podía haberse muerto de hambre, también de hipotermia o incluso de deshidratación, pero nada de esto pudo con ella.

La verdad fue que Naziha se murió de pena. No soportó la idea de no poder compartir su vida con Ozmani.

Limpiaron la playa, y para cuando llegó el turismo allí, bien temprano, la arena ni el mar ni sus gentes, parecían acordarse de lo que sucedió. Todo siguió igual. Como siempre.

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