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La falta de deseo o Deseo Sexual Inhibido es uno de los problemas estadísticamente más frecuentes en las consultas de sexología. Se estima que más del 34% de las mujeres perciben que su deseo sexual es más bajo de lo que les gustaría (Caballo, 2007). Aunque esta es una queja históricamente femenina, en los últimos años ha aumentado considerablemente el número de hombres que afirman tener pocas ganas de sexo.

Como vimos en el artículo anterior, el deseo surge cuando algo nos produce placer o creemos que puede proporcionárnoslo. Parece razonable entonces, que suceda lo contrario cuando algo nos produce displacer. Cuando realizamos actividades que nos generan malestar, una huella neural asociada al no deseo se queda en nuestro cerebro y, en consecuencia, tendemos a la evitación de esas actividades. Por eso, después de un accidente de tráfico, que presumiblemente nos proporcionará una memoria negativa del acto de conducir, se nos quitarán las ganas de coger otra vez el coche.

Lo mismo sucede con experiencias sexuales negativas. Y no tienen porqué ser tan traumáticas como un accidente de coche. Simplemente con que generen algún tipo de displacer o de disgusto, tenderemos a evitar las relaciones sexuales, igual que sucede con cualquier otra actividad.

Pero no hace falta hacer algo que nos disguste para que el deseo hacia esa conducta se inhiba. También sucede con actividades que, de acuerdo con nuestras creencias, actitudes, emociones o pensamientos, asociamos al displacer. Es fácil entender entonces, que si nuestras creencias o ideas nos hacen ver el sexo como algo sucio, desagradable, doloroso o negativo, no sintamos ningún tipo de deseo hacia él y, en consecuencia inhibamos cualquier respuesta o conducta relacionada con la sexualidad. Así, si una persona tiene la idea de que los genitales son algo sucio, feo y que huele mal es bastante probable que no sienta ningún deseo de practicar sexo oral.

Pero la falta de deseo no es siempre tan categórica. En muchas ocasiones no se trata de que uno no sienta deseo en absoluto, si no que uno percibe que su deseo sexual ha disminuido. Ya no le apetece tanto como antes.

Cometemos el error, en ocasiones, de medirnos con una versión anterior de nosotros mismos. Comparar nuestras acciones actuales con las pasadas. ¡Tranquilos! Es evidente que no se tiene el mismo deseo sexual con 20 años que con 40. Igual que no tenemos las mismas ganas de trasnochar ni de hacer puenting. Las personas evolucionan y sus apetencias también.

Otro factor importante que influye en la falta de deseo es el cansancio. Y la falta de tiempo. Si sales de casa a las 8 de la mañana y vuelves a las 8 de la tarde es poco probable que te apetezca hacer gran cosa. Como mucho, ducharte y tumbarte en el sofá.

El deseo sexual varía a lo largo de la vida igual que el deseo hacia cualquier otra cosa. Por eso, sentir menos ganas de sexo en algunos momentos no es importante y no tiene porqué significar nada . Sólo si la falta de deseo es constante, dilatada en el tiempo o incluso que ha ocurrido “desde siempre”, podremos decir que existe un problema y plantearnos acudir a la consulta de un sexólogo. Pero en general, el deseo varía tanto entre personas como en un mismo individuo a lo largo de su vida.

Sí que existen algunas formas de aumentar nuestro deseo y las veremos en el próximo artículo, pero es importante recordar que el sexo no es una obligación. No es algo que “tenemos” que hacer. Simplemente es una actividad que hacemos porque nos resulta agradable. Es divertido y nos hace sentir bien. Es un juego. Y como tal, no tenemos que jugarlo si no nos apetece. Por mucho que me guste jugar al mus, ¡no siempre tengo ganas!

Así que no nos empeñemos en medir nuestro deseo, ni en juzgarlo de manera excesiva. Sólo aprovechadlo cuando venga y ¡disfrutadlo cuando podáis!

 

La ilustración que acompaña a este artículo es una obra original de Alex Estévez.

 

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