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Ser o no ser adolescente, esa es la cuestión. “Las vírgenes suicidas”, ópera prima de Sofía Coppola, nos relata de manera fascinante para algunos sesudos y sensibles críticos cinematográficos el viaje iniciático a la adolescencia y sus incomprensiones. ¡Qué pena, penita tengo! y es que en el fondo ¡no tengo ganas de na, na más que de morirme! Pobres chiquillas, ¡qué dolor más grande!, sometidas ellas tan rubias a la tortura bárbara de su estricta madre, esa ya deteriorada y antes flamante Kathleen Turner.

Sus anhelos rotos. Sus trucados inicios fornicadores. La desfloración nocturna y el macho huido. ¡Qué barrio más bonito! Tan tiernas chiquillas no soportan tanta presión, son objeto de la más abominable incomprensión materna y su papaíto es un hombre ausente, abandonado al dominio inmisericorde de su recalcitrante esposa. Presión ante tan cruciales cambios vitales nos son mostrados en tal grado de lirismo, profundidad dramática y atmósfera cautivadora que me recuerda a la turbadora sensación de dejarme la olla exprés sobre el fuego encendido. ¡Qué dolor! ¡Qué vértigo!

Helado me dejó esta película y lleno de desolación, con el alma destrozada por la muerte de tan hermosas chiquillas. Ellas cosían y bordaban, entre tanto fornicaban, tomaban limonada o ponche mientras cantaban en el porche. Papá viendo la televisión y mamá echándose un coscorrón. Así, entre tanto, llega la pubescencia rodeada de apariencia. ¡Qué dolor! ¡Qué suplicio! y de seguir viéndola soy capaz de perder el juicio.

Se ve que estoy falto de inteligencia emocional y que la señorita Coppola no ha dado pico con bola, pues yo me he bajado a fumarme un cigarrillo abrazado a la farola. Por poco me da un soponcio entre tanto adolescente y no voy a tener más remedio que refrescarme tirándome a la fuente. Si tengo que ser sincero, me hubiese gustado más ver a tan frágiles chiquillas alegrándole el día a tan imberbes mozalbetes. A ver si de una vez por todas echaban un polvete. Colorín colorado este cuento se ha acabado y yo me siento algo más que defraudado, más bien harto, mosqueado con tan infame tostón de obligada visión para algún que otro…

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