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 Hace unos días he vuelto de un lugar encantador de la provincia de Cádiz, en el corazón del Parque Natural de la de la Sierra  de Grazalema. Os hablo de Villaluenga del Rosario,  un pueblo muy pequeño, el más pequeño de la provincia, con 471 habitantes, que está construido junto a un enorme macizo pétreo que lo protege, a casi 900 metros de  altitud.

Para centrarnos en su historia, os diré que allí vivieron los musulmanes pacíficamente desde el año 716 hasta que, nada es perdurable, en1485 Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz y Duque de Arcos de la Frontera,  la conquistó para los “cristianos”. Como podéis suponer,  tal  ”hazaña”  le valió que los Reyes Católicos le concedieran  el Señorío de la ”Serranía de Villaluenga”  y que en 1490 pasara a ser de su propiedad .

 Lejos de aquellas guerras y trifulcas colonizadoras, lo que vemos hoy al llegar  a Villaluenga es un cuidado y pulcro pueblecito de estrechas y empinadas calles  que se prolongan hasta casi tocar las rocas,   con cuya vegetación  se mezclan, de casas recoletas, con ondulados tejados,  angostos postigos,  pequeñas ventanas y floridos balcones. Por doquier hay un silencio amable, sin estridencias. Se diría que la vida allí discurre más lenta.

 ¿No es verdad que con esta descripción  ya estáis imaginando  un lugar  armónico, rocoso, alto?.  ¿Verdad que pensáis que es un lugar limpio  y blanco?

 Así es, no os quepa duda, y permanecer  allí  es trasladarte a otra dimensión , otra  esfera, a una forma de vida mucho más   placentera que no quieres dejar  y a la que ya desde el momento mismo de partir, quieres volver.

 Y   eso por no hablar de la belleza de las rutas y senderos que te adentran  por las zonas de montaña, entre bosques de alcornoques y quejigos. O de las  simas oscuras y profundas,  como la conocida  del Republicano,  de   inquietante  nombre, cuyo origen  no he podido averiguar a pesar de mis preguntas insistentes   a los más ancianos de la zona. O de cuando  caminas   por  las calzadas romanas,  construidas hace dos mil años  como elemento estructurador  del Imperio, espectacularmente conservadas, que discurren entre pueblos en perfecta simetría. O  entre las ruinas  de los  solitarios barrios nazaríes,  reconvertidos en establos muchos de ellos

  O, cuando  sin esperarlo,  te encuentras con la  semiderruida  Iglesia  del Salvador en lo más alto  de Villaluenga, quemada por las fuerzas napoleónicas,  tal como cuenta la letrilla popular:

 “Villaluenga del Rosario

no quiso capitular

 y vinieron los franceses

y quemaron el lugar”

 Esta Iglesia  no volvió a reconstruirse y  los vecinos la utilizaron desde entonces  para enterrar a sus muertos  en pequeños y sencillos nichos blancos. Es allí, en el centro de la nave,  rodeada de arrayán, bajo un manto de estrellas,  donde puedes admirar  la blanca lápida de Pedro Pérez Clotet.  ‘’Poeta nacido en Villaluenga 1902  + en Ronda1966, su hijo más ilustre’’.

 Y otras muchas experiencias que no voy a contar  porque sería extenderme demasiado. Sólo añadir que durante  los días que por allí vagamos lució el sol y que al partir nos visitó la lluvia. Era una lluvia densa y  mansa que  insinuó arroyuelos por las calles y coronó de niebla la montaña.

 Aquella mañana de la que os hablo, la lluvia y su incesante golpeteo acompañaba al habitual silencio y en su lento y monótono deslizar por el rocoso macizo circundante lo dejó más claro, tiñó los arbustos más oscuros  a casi azules. Y todo  el lugar se impregnó  de una mágica y melancólica belleza.

 “Villaluenga del Rosario es un pueblo inventado ex – profeso para la poesía” dijo Jorge Guillén, el poeta.

 “Un pueblo de papel, de un infantil belén”, dijo Pérez Clotet, el Azorín andaluz de Villaluenga.

Ambos, tenían razón, os animo a comprobarlo, como yo hice.

He subido un reportaje fotográfico del lugar a mi  página de facebook. También lo he compartido en la de Todas las flores del desierto. Espero que os guste. Besitos.

Pincha aquí para verlo

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