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¿Es realmente la juventud española de nuestros días una generación perdida? Mirando el caso de un modo superficial podemos concluir que sí, pero el caso es bastante complejo como para definir a millones de personas que nacieron de los ochenta en adelante de un modo tan banal y despectivo a la vez. Y, evidentemente, en toda esta problemática hay factores desencadenantes.

Condicionantes como la profunda crisis económica o la educación que recibieron estos chicos, mezclado con la desafortunada falta de rigor paternal y los vicios derivados de la bonanza de los noventa. La tendencia de unos padres que trataron de darle a sus hijos todo lo que ellos no pudieron tener, pero que se olvidaron de transmitirles entre una PlayStation y una scooter que las cosas había que ganarlas.

Si nos paramos a explicar el perfil de estos chavales, lo cierto es que la realidad es poliédrica. Hablamos de jóvenes entre 16 y 29 años que en su mayoría están en paro y cuentan con estudios primarios o de educación secundaria. Personas cuya reincorporación al mercado laboral será complicada aunque la situación económica mejore, pues para entonces las empresas buscarán a los recién graduados. Existe también una convivencia de extremos, donde se mezclan los que tienen escasa formación con los que disponen de estudios muy altos. Esto genera dos problemas: que haya personas realizando trabajos muy por debajo de su cualificación y que, a su vez, aceptandolos, hagan de tapón para quienes reúnen una formación más escueta y que se adaptaría mejor a esos puestos. Y es que más de la mitad de individuos de hasta 24 años se encuentran buscando su primer trabajo o son parados de larga duración. Por todo ello, la mejor opción ya es desde hace un tiempo salir al extranjero. Gracias a internet, multitud de plataformas nos abren una ventana de acceso a todas las empresas, siendo más fácil la comparativa entre ciudades donde realizar prácticas. Algo que, además de ser una experiencia para crecer a todos los niveles, permitirá a esta generación demostrar sus cualidades.
Además, los calificativos tampoco deben alarmar a nadie. Es muy usual poner etiquetas. A principios de los años noventa, los jóvenes que rondaban la treintena y todavía vivían en casa de sus padres eran el foco de las críticas. Así que, quizá, los que ahora hablan de generación perdida fueron en su día miembros de honor de lo que entonces se conocía como “familia colchón”.
Más allá de todo esto, es importante subrayar que emigrar para buscarse la vida equivaldrá a aprender un nuevo idioma, a mejorar las relaciones personales y a tolerar los cambios. Y supondrá un reclamo que dará un salto de calidad a un currículum que, quién sabe, quizá un día será la mejor baza para volver a casa por la puerta grande.

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