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Todas las culturas, desde que el mundo es mundo, han limitado la actividad sexual de sus individuos. Las tribus más perdidas e indómitas tienen normas sexuales. Nosotros también. Aprendemos que hay actividades ligadas al sexo que están “bien” y otras que están “mal”.

En general, en nuestra sociedad es censurada cualquier actividad sexual cuyo propósito no sea la reproducción. Y cuánto más alejada de la reproducción esté la práctica en sí, más censurada será.

Estas normas que actualmente son sólo culturales en nuestra sociedad, suelen tener un origen legal o religioso que se mantiene en muchos más países de los que imaginamos. En la actualidad, la homosexualidad es un delito penal en 78 países y en siete de ellos conlleva la pena de muerte. Cuanto más se aleja el acto sexual de la reproducción, mayor es la penalización social de la práctica de ese acto. Y hay pocas cosas más alejadas de la reproducción que el sexo homosexual. En general, éste es también el más castigado legalmente, pero hay otras prácticas que sufren penas de cárcel. En Indonesia, por ejemplo, la masturbación es castigada con la decapitación. Aunque en realidad no hace falta irnos tan lejos, ni a sociedades tan distintas a la nuestra para encontrar leyes de este tipo. En diversos estados de EEUU leyes que censuran prácticas sexuales concretas siguen vigentes.

Por ejemplo, el sexo oral es ilegal en California, Rhode Island, Dakota del Sur, Maryland, Utah (¡este nos lo esperábamos!), Nuevo México y Florida.  Y por si fuera poco en tres estados es ilegal el sexo fuera del matrimonio, conllevando penas de hasta tres años de cárcel.

Nadie pone en duda que estas leyes se han vuelto obsoletas. Pero siguen ahí. No se ponen en práctica y no se vigila (al menos que sepamos) lo que cada cual hace en la intimidad de su dormitorio. Pero lo cierto es que la norma cultural se mantiene.

Las normas culturales o sociales son una serie de reglas implícitas (y en ocasiones explícitas) que  nos sirven como guía de comportamiento, y, como tal,  tienen una función importante en las sociedades. Cuando nos amoldamos a la norma cultural somos recompensados socialmente en forma de aceptación y cuando nos alejamos de ella somos castigados con el aislamiento del grupo. Estas normas sociales van evolucionando y adaptándose a las nuevas costumbres, aunque en algunos aspectos lo hacen más rápido que otros.

En el terreno sexual, la aplicación de estas normas sociales se traduce en un ideal de cómo tiene que ser el sexo que practicamos, que choca irremediablemente con la realidad.

Si os pidiera que os imaginarais un “polvo normal”, ¿qué imágenes os vendrían a la cabeza?. Me atrevo a pronosticar que muchos de vosotros habéis imaginado una relación sexual heterosexual, con dos personas y ambos miembros de la pareja son jóvenes. Voy a ir más allá y diré que están en una cama y que el tipo de actividad sexual que realizan es el coito vaginal. Si rizamos el rizo y nos preguntamos cómo sería la relación sexual ideal, es probable que muchos de vosotros respondierais que la relación sexual durara una media de veinte minutos y que los dos miembros de la pareja llegaran al orgasmo a la vez.

Esto son las normas sexuales. Conseguir que tantas personas tan distintas opinen lo mismo sobre lo que “tienen que hacer cuando tienen sexo”.

La masturbación, por ejemplo, es una práctica sexual bastante alejada de la reproducción. No hace tanto que se intimidaba a los adolescentes con la ceguera y con el acné para evitar que se masturbasen. Esa norma social ha ido cambiando a lo largo de los años y hoy se considera “normal” que los adolescentes se masturben. Por supuesto la masturbación sólo es “normal” si eres adolescente y eres hombre. ¿Quiere esto decir que las mujeres y los adultos no se masturban?, ¿o quiere decir que no lo cuentan?. En una conducta tan íntima como lo es el sexo, mantenerse dentro de la norma social es tan sencillo como no decir la verdad.

Aparentemente nos resulta mucho más fácil mentir que cumplir las normas sexuales. Pero lo cierto es que el engaño social ligado a conductas que nos generan bienestar se traduce en una gran cantidad de emociones negativas asociadas a nuestros actos. Las más comunes cuando hablamos de sexo son la vergüenza y la culpa.

Vergüenza porque algo que a una persona le resulta satisfactorio o agradable, la sociedad le dice que no es correcto. La persona siente que otros pueden juzgar sus actos y que ese juicio será contraproducente para él o ella.

Culpa porque uno mismo realiza un acto sexual satisfactorio, pero al hacerlo está rompiendo una regla cultural. La propia moral del individuo hace que se sienta inadecuado cuando hace algo que considera fuera de lugar.

Una de las cosas más curiosas de las normas sociales es que no hace falta incumplirlas para sentirse mal. Basta con pensar en romperlas o con desear hacerlo.

No os alarméis, no estoy haciendo un alegato a favor de romper todas las normas sociales. Para sentirse bien con el sexo no es necesario transgredir los mandatos culturales ni probar cualquier cosa nueva o diferente. Pero siempre es interesante ser consciente de que las normas sociales son flexibles y evolucionan con el tiempo. Están hechas para garantizar una buena relación social entre los individuos y para controlar ciertas conductas perturbadoras. Luego el planteamiento sería: ¿por qué, a día de hoy, es perturbadora la masturbación? ¿y el sexo oral o las relaciones homosexuales?

Si no es ilegal y no hacéis daño a nadie… ¡disfrutad!

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3 Respuestas

  1. Salus

    Excelentes reflexiones sobre la sexualidad y todos los tabús que la rodean. Gracias Ánima Psicología por plantear aquí este tema que -por muy abiertos y “modernos” que pensemos que somos- continúa siendo para la mayoría casi más espinoso que los cactus del desierto (por abundar en las metáforas de este vergel). No hay nada más que observar el mutismo, la ausencia de comentarios que siguen a estas interesantísimas entradas, a diferencia de los que suelen seguir al resto de temas de este ameno y participativo blog. No neguemos que, en general, nos da reparo, nos causa pudor, nos parece un tema impropio de una conversación, eso de hablar de sexualidad. A mí al menos me pasa y quiero empezar reconociéndolo.
    Quería también abundar en la idea que plantea la autora en esta tercera entrega: las normas sociales sobre sexualidad como mecanismo de control del poder sobre las personas. Por lo que Ánima Psicología nos cuenta y he podido leer, parece evidente que, siendo la sexualidad una de las formas más democráticas y universales de placer y satisfacción, ha habido un permanente empeño, desde los albores de la Humanidad, por poner coto y dosificar ese disfrute como forma de poner “a cada cual en su sitio”. Las autoridades políticas, militares, religiosas y económicas de cada momento (frecuentemente ostentadas por las mismas personas o muy allegadas…) se han aprestado a restringir, perseguir y penalizar las conductas que les han parecido excesivas, anormales o perversas. La historia y la literatura nos muestran cómo curiosamente en muchos casos, esas conductas impuestas al pueblo eran sistemáticamente vulneradas por los poderosos que las dictaban. Bien conocemos los múltiples episodios en que todo se permitía al emperador, el cacique, el obispo o el señorito de turno, mientras esas conductas se reprimían y reprendían al campesino, al artesano y no digamos a las mujeres.
    Y ahí voy al segundo aspecto de mi comentario. Una vez más, en esta dimensión humana de la sexualidad volvemos a encontrar fácilmente una gran discriminación de género. La mayor parte de las culturas, entre ellas la nuestra, han sido y aún hoy día son más permisivas con los hombres que con las mujeres. Un hombre promiscuo se considera un ligón (lo que en las películas cursis de los 60 llamaban un “galán” o un “conquistador”). Una mujer promiscua es directamente considerada una puta. Quiero pensar que en las últimas décadas hemos ido avanzando algo al respecto en nuestra sociedad (aunque me entran serias dudas con algunas conductas que veo en adolescentes y noticias del día a día) pero históricamente las normas sociales no sólo han estado pensadas para el control de los poderosos sobre el pueblo llano sino también de los hombres sobre las mujeres.
    Por eso ese sentido utilitarista al que alude el artículo de Ánima Psicología. Sólo es admisible la relación sexual que tiene por fin la procreación; todo lo demás sería vicio y depravación. Es lo contrario a una vivencia gozosa, creativa y respetuosa de la sexualidad como medio para relacionarte contigo mismo y con las demás personas. ¿No os parece?

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  2. Casandra

    A mí me parece que tenéis mucha razón tanto tú, Salus, como Clara López, la experta sexóloga del equipo profesional de Ánima Psicología. Vuestro argumentario es tan contundente como certero, por lo que os felicito. Y, además, os felicito por aportar información tan seria y rigurosa sobre un tema que, como bien decís, continúa siendo tabú a la hora de la verdad. Prueba ello el que en este sitio, tan dado a comentarios múltiples de tantos temas variados, en los artículos de Anima Psicología brillen por su ausencia, curiosamente, mientras fuera de aquí despiertan tanto debate. Doy fe y confío en que, poco a poco, nos vayamos familiarizando con esta forma tan natural de enfocar y reflexionar sobre la sexualidad y vayamos aportando más colaboraciones.

    Responder
  3. Ánima Psicología

    ¡Muchísimas gracias por vuestros halagadores comentarios! Nos alegra mucho saber que nos leéis y que los temas os resultan interesantes.
    Salus plantea una cuestión crucial en su comentario: el género y sus conductas asociadas. La diferenciación de género influye prácticamente en todos nuestros comportamientos, pero en la sexualidad sus límites son bastante más rígidos. A nadie le extraña hoy que a una mujer le guste el fútbol o que un hombre se compre una crema para la cara, pero cuando hablamos de sexo… el ejemplo de Salus lo dice todo. Y no nos dejemos engañar, la discriminación de género no sólo afecta a las mujeres. La gran mayoría de los hombres sienten bastante presión por muchas de las conductas que se supone que deben de realizar. Por ejemplo la idea de que los hombres siempre tienen ganas de sexo y siempre están “dispuestos” para ello. ¡Uf! ¡Ese sí que es un objetivo difícil de cumplir!
    Como estamos en verano podemos aprovechar para darle vacaciones a algunas de las obligaciones que nos impone el género, relajarnos un poco… y disfrutar…

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