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Sé que no todos estarán de acuerdo con la afirmación que viene a continuación, pero ahí va: el propósito primario del sexo, hoy en día, no es procrear.

Lo fue, en su momento. Y no nos confundamos, gracias a ello seguimos aquí. Pero con la evolución de nuestra especie el propósito de las relaciones sexuales también ha ido evolucionando y, en la actualidad, la sexualidad tiene otras dos funciones además de la biológica: la psicológica (el placer) y la social (la relación).

Las tortugas, las serpientes, las gallinas, los perros y gatos, los rinocerontes, las ratas… todos ellos disfrutan del sexo. Por supuesto, también lo hacen los monos. Y lo curioso es que cuanto más ascendemos por la escala evolutiva, cuanto más cercana es la especie al Homo Sapiens (¡nosotros!), la actividad asociada a la sexualidad se vuelve más social y menos reproductiva.

En especies de simios superiores se observan conductas sexuales completamente alejadas de la procreación (caricias, besos, masturbación) e incluso actividad coital en momentos donde la reproducción es imposible (durante el embarazo, el amamantamiento o en periodos sin celo). La sexualidad se vuelve lúdica. Se vuelve divertida. Se vuelve social. Esa actividad sexual se convierte en una manera de establecer lazos sociales, más o menos duraderos, con otros miembros de la comunidad.

Y luego llegamos nosotros.

El ser humano se especializa en socializar y crear cultura y arte de cualquier cosa. Eso es lo que hacemos y es una de las características que nos diferencia de los animales.

Necesitamos comer para sobrevivir y nosotros creamos la alta cocina. “Deconstruimos” la comida y buscamos sabores y olores nuevos. Hacemos cenas en las que invitamos a gente para reunirnos alrededor de la comida. Decoramos pasteles y galletas hasta límites insospechados.

Necesitamos vestirnos para no pasar frío y nosotros creamos el pret-a-porter. Hay muchas más tiendas de ropa que tiendas de libros en cualquier ciudad. La moda mueve una cantidad de dinero ingente en todo el mundo. Nos preocupamos (y muy en serio) porque no sabemos qué ponernos cuando vamos a un sitio importante.

Eso es lo que hace el ser humano. Nos guste más o menos, hacemos arte constante sobre cosas básicas de nuestra naturaleza.

El ser humano también necesita reproducirse para sobrevivir como especie y nosotros creamos la sexualidad. Creamos toda una función social dedicada a la intimidad, las caricias, los abrazos, el cariño. Creamos posturas sexuales, problemas sexuales, creamos tabúes. Buscamos alimentos afrodisíacos. Hacemos chistes verdes. Creamos normas concretas sobre lo que está bien y lo que está mal a la hora de expresar esa sexualidad. Eso es lo que el ser humano hace. Y es maravilloso.

Ningún otro ser vivo de este planeta puede hacerlo, sólo nosotros. Hemos convertido una función biológica en una cuestión social. Y curiosamente, también somos los únicos que encontramos aspectos negativos en esa función biológica.

El ser humano es el único ser vivo que tiene problemas con su función reproductora. Existen disfunciones sexuales, parafilias, fobias, agresiones … Son sólo nuestras, las hemos creado nosotros.

El sexo, en sí mismo, es algo sencillo. Hemos nacido para hacerlo. Hace poco me contaron una anécdota que me gustó mucho. Una madre me comentó que había visto a su hijo de 4 años tocándose los genitales mientras veía la televisión. Ella le preguntó al niño qué hacía y él le respondió muy tranquilo que se estaba tocando la “colita”. Esta madre, entre divertida y curiosa, le preguntó a su hijo por qué lo hacía y él respondió: “Porque me gusta”.

Así hemos nacido todos. El sexo nos gusta porque estamos hechos para que nos guste. Y además, gracias a la tremenda capacidad de nuestra especie podemos disfrutar de otros aspectos de la sexualidad. Podemos crear lazos afectivos duraderos, podemos disfrutar de una diversidad sexual cuyo único límite es nuestra imaginación. Y podemos, incluso, decidir no tener relaciones sexuales. Ninguna otra especie puede.

Las ataduras y tabúes que tenemos ahora, de adultos, se han creado a lo largo de nuestra vida, influidas por la educación, la cultura, la experiencia. Ya no tenemos cuatro años y no todo es tan sencillo para nosotros como para el niño de la anécdota. La ventaja de ser adultos es que ahora podemos decidir en qué creemos. Podemos decidir qué queremos que sea un tabú y qué no. Podemos elegir de qué hablar y cómo. Podemos usar toda nuestra experiencia y conocimientos para valorar esas ideas preconcebidas que nos enseñaron cuando no podíamos defendernos de ellas. Ahora sí podemos. Y es elección nuestra hacerlo o no.

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