Crear cuenta

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.


Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

El deseo es el inicio de nuestra respuesta sexual. Activa una serie de respuestas, emociones y pensamientos asociados a la sexualidad. Cuando algo nos apetece, nos atrae, sentimos el impulso de hacerlo. Y no sólo en el sexo.

Pasar por delante de una heladería nos generará ganas de comer helado. Ver un coche reluciente conducido por un hombre atractivo a través de una carretera sinuosa con la playa de fondo, hará que nos apetezca comprar ese coche. Y los publicistas lo saben muy bien. Por eso, en los anuncios de perfumes la chica siempre cae rendida a los pies del hombre perfumado.

El deseo de algo va asociado a la realización de una conducta de acercamiento hacia lo que deseamos, una estrategia para conseguir el placer que creemos que vamos a obtener de nuestro objeto de deseo.

Y cuando lo conseguimos, cuando nos sentimos satisfechos, nuestro deseo se ve reforzado. Aprendemos o afianzamos la idea de que ese objeto de deseo concreto (el helado, el coche o la chica lánguida del anuncio) nos proporciona una sensación agradable y positiva.

Cuando volvamos a estar en la misma situación o en una similar, nuestro cerebro nos recordará que ese objeto de deseo nos gusta, que lo disfrutamos, que nos hace sentir bien.

Esta explicación de cómo funciona el deseo es bastante simple. Como fase sexual el deseo es, sin duda, la más complicada. Pese al papel tan importante que nuestras rutas neurales tienen en el funcionamiento del deseo, también entran en juego otros factores mucho más difíciles de cuantificar.

Para empezar las personas tenemos ideas muy diferentes acerca del placer. No sólo de qué es, sino de cómo debemos usarlo. No todo el mundo piensa que obtener placer de una actividad es algo positivo. Es más, el hecho de que algo te proporcione placer, en nuestra sociedad, no es motivo suficiente para hacerlo. El placer no es prioritario, ni importante. Si lo consigues es estupendo, pero no hace falta buscarlo de forma activa. El grado de búsqueda de placer varía en cada persona.

Pero, además, las cosas o las sensaciones que nos proporcionan placer también son diferentes, no solo para personas distintas, sino para un mismo individuo en distintos momentos de su vida. Qué nos proporciona placer y qué no es algo que aprendemos. Si el helado de esa heladería me gusta una vez, deduzco que también me gustará la siguiente. Pero no sólo eso, también deduzco que me gustará el helado de otras heladerías. Nuestro cerebro aprende qué nos proporciona placer y nos ayuda a generalizarlo a actividades similares. A lo largo de la vida vamos acumulando experiencias que nos han proporcionado placer y guardando memorias positivas de ellas, que se activarán cuando estemos en contacto con esas mismas experiencias u otras parecidas. Nuestro abanico de placer se abre más y más con las experiencias nuevas y diferentes. Aprendemos nuevas formas de sentirnos bien.

El deseo que una persona tiene hacia algo concreto se ve influido también por su estado físico. Aunque nos guste mucho hacer deporte y lo disfrutemos enormemente, es probable que después de comer no nos apetezca nada. Tampoco cuando estamos cansados o si sentimos algún tipo de dolor. El deseo sexual también varía dependiendo del estado de nuestro organismo.

Así mismo, las creencias acerca de qué grado de dominio de una actividad tenemos influyen sobre manera en nuestras ganas de realizar dicha actividad. En general deseamos aquello que nos proporciona una sensación agradable, que se nos da bien. Yo no deseo montar en monopatín. No me apetece. Aunque no lo he hecho nunca, creo que es algo que no me saldría especialmente bien. Es probable que me cayera al suelo y si alguien me viera, estoy casi segura de que pensaría que estoy haciendo el ridículo. Todos estos pensamientos hacen que montar en monopatín no me apetezca nada. Y como no me apetece y no lo deseo, no lo hago. En cambio, cuando estamos seguros de que una actividad se nos da bien, nos enfrentamos a ella con una actitud mucho más abierta. La disfrutamos más, nos recreamos en ella. Este es uno de los motivos por los que las relaciones sexuales suelen ser más satisfactorias cuando las realizamos con una pareja con la que ya habíamos practicado antes. Nos sentimos más seguros, mas tranquilos.

Aunque hay múltiples factores y situaciones que influyen en el deseo sexual, me gustaría resaltar la importancia de una de ellas: el aprendizaje. Aprendemos a desear. Aprendemos cómo, cuánto y dónde hacerlo. No es algo que nos venga dado, que sintamos, sin más.

Hemos visto ejemplos de varias actividades que se desean o no dependiendo de nuestras creencias, nuestro estado físico o nuestras emociones. Pero, al fin y al cabo, no es muy importante que a alguien no le apetezca ir a correr a la hora de la siesta. Y desde luego yo puedo vivir perfectamente aunque no me suba en un monopatín en toda mi vida. ¿Pero qué pasa cuando lo que no nos apetece es algo que “debería” apetecernos?

El deseo depende de nosotros, de nuestra educación y experiencias. Por eso, algo tan natural como sentir placer al tener relaciones sexuales y, en consecuencia, desearlas, se convierte en ocasiones en un problema. En el próximo artículo veremos cómo y porqué el deseo desaparece o, quizá, nunca existió.

Hasta entonces desead mucho y buscad sensaciones placenteras, ¡seguro que el verano os ayuda a encontrarlas!

Por cierto, la imagen que ilustra este artículo es una obra original de Alex Estévez, maravillosa artista y sexóloga que me  acompaña en algunos de mis trabajos. ¡Gracias por prestarme tu arte!

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Comenta con tu perfil de Facebook

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
X